Mucho ruido y pocas nueces: Parte I
Viniendo desde la meseta, no es de extrañar que al veraneante patrón de la nao, asentado en tierras de ulterior, profano en situación de proas o popas y dándole igual si rumbo a estribor termine en giros a la izquierda, se le antoje, si cabe, más inmenso el mar con cada encuentro anual que al acostumbrado observador de horizontes surcados con habituada mirada como testigo de una travesía más.
Las noventa leguas por caminos asfaltados en rectas interminables, cargados con la ilusión reflejada en el rostro de los grumetes, mitigaron el cansancio y calor por las estipuladas cartas de marear, que nos privaron del antojo de guías en el cielo, luces y señales de navegantes a los que indicaban la derrota.
Arribamos al apartamento siendo dominante la noche; echando el capitán en falta a los estibadores que batiéndose en retirada abandonaron aparcamiento, oficial y fardos ante la premura de visita a excusados obligados y visión sofocante de escaleras a un segundo, fue menester afrontar el puente y único camino a los camarotes de la tripulación, en paso ascendente y subiendo, utilizando la redundancia a propósito para enfatizar la sudorífica píldora, cargado de avíos y batimentos.
Parada y fonda merecida y obligada fue en posada de puerto para el abastecimiento de estómagos, que guiados por olores salados y agrios de cocina con bases de perejil y ajo, nos sugirieron una cena mediterránea, dejando a un lado exquisiteces gastronómicas de Barlovento a base de bananas, cocos, marañones, papayas y vino de caña.
La apetitosa sepia a la plancha con su ensalada, que en suerte formaban las hojas del cogollo para regocijo mío y dichos ofensivos rayando la indecencia de comensales precedentes, marcó la voz del abordaje en el enfrentamiento de corsarios kilogramos que con patente real se apoderaron de mi cuerpo resultando el hundimiento de la línea de flotación más de lo permitido en una travesía tan corta.
Con una privilegiada vista desde la terraza, a escasos cincuenta metros de la orilla y acunados por el envolvente y cautivador sonido de las olas, nos dejamos mecer por olores de ozono y frescura esperando dormidos y olvidando imaginarias, la mañana de vivos colores dominados por tonos azules y verdes de pinos tan salvajes como antaño y respetados en el tiempo entre carteles anunciadores de un parque natural, sudados y oxidados por salitre.
Tags: vacaciones
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