Verdad, beso o atrevimiento: el arte de elegir bien
Que manía les han entrado a los comercios con hacer cambios durante estos meses de verano, sin pensar en los maridos inútiles que durante los fines de semana y vacaciones experimentamos la irrefrenable llamada del cazador, que nos hace salir en busca del sustento para la familia.
¿Nadie ha pensado en el plano tipo Zoo?
Touché; los que no me habéis creído es porque me entendéis, y habéis captado la ironía entre una bonita y adornada forma de camuflar la estampida producida ante la desesperante perspectiva de una limpieza general.
En las pocas veces en que nos permitimos gritar “…los hombres y los niños primero…”, cualquier excusa es buena para ocupar los botes que nos salven del naufragio ente lejías, fregasuelos y limpia cristales; desde lavar el coche al que ya le salen de la carrocería los tallos de alpiste, a llevar a cortar el pelo a la perra en un arranque de compasión hacia el pobre animal, la picaresca aflora siendo importante elegir bien la trama que nos permita, lazarillos de la vida, salvarnos del cachete del que ni ciego, ni de Tormes, generalmente a vueltas de todo, cuando vamos el ya viene.
Creí que por ser agosto habría poca gente y estando equivocado, siendo tarde y peor el remedio que la enfermedad, me rondaba la imagen del farsante apaleado, que mejor con guantes en la mano que recibiendo los calambres del carro, que ingobernable, me llevaba cual beodo de un lado a otro del pasillo.
Jamás realizar una lista de la compra me resultó tan complicado. Perdido entre mil tipos de salsas no encontraba la curry, elegí en suerte el saco de la patata podrida y estando en la caja repasando como un piloto la “check list” preparada por mi mujer, escrita para más INRI a lapicero que se borraba en los dobleces por el manoseo en los giros y revueltas, la maldición del olvido del papel higiénico propició un aborto del aterrizaje sobre la pista rodante que mostraba en cabecera el rótulo “próximo cliente”.
Nos quejamos de la cajera lenta, pero ahí es nada cuando te toca la Fittipaldi del láser, que no has conseguido abrir la primera bolsa, cuando ya te está recitando la dolorosa, ante la inquisitiva mirada de los que tendrán que esperar hasta que tengas al pasaje empaquetado y listo para el despegue.
Todo iba rodado. Bajo un sol de justicia, lejos de ser título de un Western y tirando del vehículo que si difícil era de manejar dentro del centro, sobre el asfalto iba desbocado, faltaba encontrar el coche en el aparcamiento, subir la compra a casa y rezar porque los huevos no sufrieran ningún percance, refiriéndome evidentemente a los del cartón, no teniendo nada que ver los de la güevera.
Mi periplo acabó en la cocina, esperando la nota final del examen y mostrando la sonrisa del que no ha dado ni una y se ha gastado una pasta.
Entre cartel de oferta y anuncio publicitario, no estaría mal un rotulo informativo que dijera:
“Actividad de alto riesgo. Abstenerse aficionados”.
El único consuelo será llegado el momento y mirando al portarrollos pensar:
- Menos mal que no se me olvidó el papel de váter.
Hacer bien la compra, llegando a fin de mes sin morir en el intento, es todo un arte que no está al alcance de mis manos y que me hace reconocer la labor de las impagadas y no reconocidas trabajadoras amas de casa (…y amos).
Tags: ahorro, comprar, supermercados
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